Antorcha submarina

Con el cabello rojizo, su cabeza es una antorcha submarina. Al principio estuve en contra de que se tinturara; nada pude hacer ante su insistencia y el apoyo de su madre. Ahora que nadamos juntos me alegra que haya tenido ese capricho. Me alegra. Me quema. Me da calor. Me da el orgullo del que pertenece a algo importante, y la fuerza que éste lleva en sí. Pero no debo engañarme, ella me es ajena, sus pasos seguirán un camino diferente, sus ojos verán cosas que jamas imaginé. Y yo estaré lejos, lejos y sin hilos rojos que la lleven hasta donde yo esté. Sin eslabones rotos que la inviten a volver, a devolverme la llama o el sol o la noche o el mar o lo que sea que su capricho pinte. Pero no es tiempo para temores. El sol se hace fuerte y la mesa está servida.

El peso de los pies viene desde la garganta

Si en mí las palabras no fueran tan pesadas, podría lanzarlas, sacarlas, decirte cuanto te quiero sin pensar en cuánto; podría seguirte el juego hasta que se volviese real, sin rendirme de antemano a quedar en tablas.
Pero son así mis palabras para que mi alma hipertrofiada no se pierda en las alturas. El nudo de garganta se arrastra hasta la tierra. Quédate, mi amada, quédate sin esperar de mis palabras más que el peso de mi cuerpo sobre. el tuyo.

Baile para...

Las manos de ella son pequeñas y suaves, manos de muñeca de seda. Las manos de ella son largos palillos chinos, con agarre misterioso en su firmeza. Las manos de él guían a las de ella, y a las de ella: criatura de brazos extendidos. Un abrazo. Ella gira; ella está en los brazos de él. Giros, giros. Un puente, un toro, apenas para la música y el baile. Ella con sus manos pequeñas se deja llevar por las caderas de él; ella con sus largos dedos observa, se acerca, quiere hacer parte, hace parte, se vuelve parte del monstruo. Un giro, se separan, otro giro. Ahora son las caderas de ella las que se unen a él, y ella es quien mira. Pero se aleja con sus manos pequeñas encogidas como gusanos de seda. No, no te vayas, le dice ella, y ella acepta el abrazo, y él se une a ellas, y la quimera de tres cabezas vuelve a girar.

El pestañear de la Naconsu

Las luces laterales del bus se reflejan sobre el metal del bus contiguo. Ese también tiene sus propias luces. Tres, acá dos. Primero vi el reflejo, después la luz. Imagino que aquellas tres lamparas también se reflejan en la carcasa de este, del bus donde voy: imagino, pues por más que derrame mi rostro sobre el frío cristal no puedo verlo. Las luces de éste se reflejan en el; las luces de aquel se reflejan acá. Luces van y vienen y bailan y charlan, son dos máquinas, dos gigantes, dos ballenas que pestañean, silban y gruñen para hablarse de amor, política o muerte.

¡Trac!

¡trac!, debió haber sonado aunque no me diese cuenta.
¡trac! Mi cerebro se conecta al cuerpo.
¡trac! Mi cuerpo se vuelve cerebro.
¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac!
Todas las celulas se vuelven neuronas, se comunican con pequeños choques de energía. Olas de energía, pulsación, semilla, hormigueo. Ya no son absurdas ideas. Es vida. Sacudidas en la piel. Choques que se mueven y despiertan los cuerpos olvidados.
¡trac!Mi mente ya no existe, soy todo mente, soy todo vida y energía y cuerpo, y nada de absurdos abstractos o imaginarios.
Durante un breve ¡trac! fui sin necesidad de preguntarme si soy.

Sólo un juego

-¿Qué tipo de árbol eres?
-¿Cómo así?
-Sí, ¿qué tipo de árbol eres? Yo por ejemplo soy un guayacan de selva o de ciudad?
-Absurdo.
-¿Perdón?
-Absurdo. La ciudad y la selva se contradicen en todo. Puede que como humana te imagines igual de sola en la selva o en la ciudad, pero un árbol estaría en su ambiente dentro de la selva. Imagina por un momento cómo hablaría un árbol de ciudad: su voz ronca y arrastrada por el aire que respira día tras día. Hablando banalidades con su compañero cuando no quieren estar callados: Son silenciosos centinelas que se han quedado sin qué proteger. Omnívoros, devoradores de cuanta colilla y vomito cae en sus gargantas. Adictos al dolor de las navajas bandoleras y de los aerosoles desocupados. Algunos no pronunciaran palabra en toda su vida por haber nacido demasiado lejos de otros, y otros intentarán en vano hablarle a la antipática y fugaz flor de jardín con cerca. Es absurdo que creas que puedes ser árbol de ciudad o de selva.
-¡Es sólo un juego!
-Entonces no sabes jugar.

Verdades y caracoles

Hemos aprendido a ignorar lo obvio pues suele ser igual de feo a la verdad.
En estos días, nadie quiere ser feo.
Ocultamos nuestra fealdad y olvidamos dónde estamos nosotros mismos.
Entonces vuelve a empezar el baile de caracoles.

Razón atemporal

Fumo para llenar el vacío que hay entre los segundos cuando soy consciente de que existe el tiempo.