“Prefiero parecer de piedra que parecer de espuma”, dijo el tritón consumido por el dolor. El mar lo escuchó y el tritón quedó perdido en el fondo del océano.
Me gustan tus palabras como tus silencios.
Y tus palabras mudas
son dos placeres que se hacen uno.
Y me quedo sin saber qué decir,
qué decir más allá de un "te amo",
un "te amo" que se hace pequeño
para decirte lo que siento.
Un beso para que pienses en mi,
para que me tengas presente,
adherido a tus labios,
acariciando tu lengua,
acompañando cada suspiro
como tu acompañas los míos,
adherida a mis labios,
acariciando mi lengua,
dándole sabor a mis días.
Con el cabello rojizo, su cabeza es una antorcha submarina. Al principio estuve en contra de que se tinturara; nada pude hacer ante su insistencia y el apoyo de su madre. Ahora que nadamos juntos me alegra que haya tenido ese capricho. Me alegra. Me quema. Me da calor. Me da el orgullo del que pertenece a algo importante, y la fuerza que éste lleva en sí. Pero no debo engañarme, ella me es ajena, sus pasos seguirán un camino diferente, sus ojos verán cosas que jamas imaginé. Y yo estaré lejos, lejos y sin hilos rojos que la lleven hasta donde yo esté. Sin eslabones rotos que la inviten a volver, a devolverme la llama o el sol o la noche o el mar o lo que sea que su capricho pinte. Pero no es tiempo para temores. El sol se hace fuerte y la mesa está servida.
Si en mí las palabras no fueran tan pesadas, podría lanzarlas, sacarlas, decirte cuanto te quiero sin pensar en cuánto; podría seguirte el juego hasta que se volviese real, sin rendirme de antemano a quedar en tablas.
Pero son así mis palabras para que mi alma hipertrofiada no se pierda en las alturas. El nudo de garganta se arrastra hasta la tierra. Quédate, mi amada, quédate sin esperar de mis palabras más que el peso de mi cuerpo sobre. el tuyo.
Las manos de ella son pequeñas y suaves, manos de muñeca de seda. Las manos de ella son largos palillos chinos, con agarre misterioso en su firmeza. Las manos de él guían a las de ella, y a las de ella: criatura de brazos extendidos. Un abrazo. Ella gira; ella está en los brazos de él. Giros, giros. Un puente, un toro, apenas para la música y el baile. Ella con sus manos pequeñas se deja llevar por las caderas de él; ella con sus largos dedos observa, se acerca, quiere hacer parte, hace parte, se vuelve parte del monstruo. Un giro, se separan, otro giro. Ahora son las caderas de ella las que se unen a él, y ella es quien mira. Pero se aleja con sus manos pequeñas encogidas como gusanos de seda. No, no te vayas, le dice ella, y ella acepta el abrazo, y él se une a ellas, y la quimera de tres cabezas vuelve a girar.
Las luces laterales del bus se reflejan sobre el metal del bus contiguo. Ese también tiene sus propias luces. Tres, acá dos. Primero vi el reflejo, después la luz. Imagino que aquellas tres lamparas también se reflejan en la carcasa de este, del bus donde voy: imagino, pues por más que derrame mi rostro sobre el frío cristal no puedo verlo. Las luces de éste se reflejan en el; las luces de aquel se reflejan acá. Luces van y vienen y bailan y charlan, son dos máquinas, dos gigantes, dos ballenas que pestañean, silban y gruñen para hablarse de amor, política o muerte.